Actualmente, hacer compras en línea es más fácil que nunca. En cuestión de minutos, podemos comparar precios, revisar opiniones de otros compradores y acceder a una amplia variedad de productos desde cualquier dispositivo y lugar del mundo. Además, las plataformas digitales han optimizado sus procesos para ofrecer búsquedas más intuitivas, recomendaciones personalizadas y métodos de pago cada vez más seguros, lo que genera mayor confianza en los usuarios.
No obstante, esta interacción digital no ha estado exenta de desafíos. En el último trimestre de 2025, las marcas de moda en México registraron un crecimiento sin precedentes en sus ventas digitales, pero al mismo tiempo detectaron una señal preocupante: un porcentaje significativo de esas compras se perdió en la etapa final, cuando el consumidor intentaba completar el pago.
Según datos de PCMI, el e-commerce en el país alcanzó en 2024 un volumen de 97 mil millones de dólares, impulsado en gran medida por el sector moda. A pesar de ello, este crecimiento también evidenció una debilidad relevante en el ecosistema digital, que es que los flujos de pago no están preparados para la velocidad, la emocionalidad y la omnicanalidad que hoy definen la compra en línea.
“Durante años, el abandono del carrito se explicó como un tema de experiencia de usuario. Hoy es un problema financiero, donde cada segundo de más en el pago no solo reduce la conversión, también encarece la operación y distorsiona la lectura real de la demanda”, explica Javier Huerta, Country Manager de Flow en México.
En este contexto, la adopción de métodos digitales de pago avanza, pero no necesariamente con la solidez requerida. De acuerdo con KPMG, cuatro de cada diez comercios en México ya aceptan pagos digitales, una cifra que crece al mismo ritmo que el consumo en línea. Sin embargo, esta expansión también ha puesto en evidencia una brecha crítica, en la que la infraestructura no ha evolucionado del todo con la misma velocidad ni con la flexibilidad que exige el consumidor.
“La industria se acostumbró a invertir en marketing, logística y visibilidad, pero dejó el pago como una capa técnica secundaria”, agrega Huerta. Y añade: “Ese modelo está llegando a su límite. En 2026, las marcas que no optimicen cómo cobran van a competir con desventaja, incluso si venden más”.
Hoy, el pago ya no puede entenderse como un paso meramente operativo, sino como un momento crítico que define la relación entre la marca y el consumidor. Las personas esperan flexibilidad para elegir su método de pago, confirmaciones inmediatas que brinden certeza y procesos claros para resolver cualquier incidencia sin fricciones. Cuando estas condiciones no se cumplen, la experiencia se rompe y la posibilidad de recompra se reduce de forma significativa.
El balance al cierre de 2025 es claro y va más allá de la industria de la moda. El crecimiento seguirá marcando el ritmo, pero ya no será suficiente invertir más en visibilidad o generación de tráfico. La ventaja competitiva se definirá en un espacio menos evidente, aunque decisivo para el negocio: la arquitectura de cobro.
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